Teoría de la Observación

Tecnicatura Superior en San Martín del Instituto Superior de Formación y Capacitación del Personal Penitenciario. Título: Ejecución Penal y Seguridad Institucional.
 
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 VIGILAR Y CASTIGAR – RESUMEN

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AutorMensaje
Pablo Emiliano Montemurro
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Mensajes: 3
Fecha de inscripción: 22/03/2010
Edad: 38
Localización: San Martín

MensajeTema: VIGILAR Y CASTIGAR – RESUMEN   Jue Abr 29, 2010 3:19 am

VIGILAR Y CASTIGAR – RESUMEN


PAG.146 El arte de las distribuciones





1) La disciplina exige a veces la clausura,
la especificación de un lugar heterogéneo a todos los demás y cerrado sobre
sí mismo. Lugar protegido de la monotonía disciplinaria. Ha existido el gran
"encierro" de los vagabundos y de los indigentes; ha habido otros más
discretos, pero insidiosos y eficaces. Colegios: el modelo de convento se
impone poco a poco; el internado aparece como el régimen de educación si no más
frecuente, al menos el más per­fecto; pasa a ser obligatorio en Louis-le-Grand cuando, después de la marcha de los jesuítas,
se hace de él un colegio modelo.[1] Cuar­teles: es
preciso asentar el ejército, masa vagabunda; impedir el saqueo y las
violencias; aplacar a los habitantes que soportan mal la presencia de las
tropas de paso; evitar los conflictos con las autoridades civiles; detener las
deserciones; controlar los gastos. La ordenanza de 1719 prescribe la
construcción de varios cente­nares de cuarteles a imitación de los dispuestos
ya en el sur; en ellos el encierro sería estricto: "El conjunto estará
cercado y ce­rrado por una muralla de diez pies de altura que rodeará dichos
pabellones, a treinta pies de distancia por todos los lados" —y esto para
mantener las tropas "en el orden y la disciplina y para que el oficial se
halle en situación de responder de ellas".[2] En 1745 había
cuarteles en 320 ciudades aproximadamente, y se esti­maba en 200000 hombres
sobre poco más o menos la capacidad (146) total de los
cuarteles en 1775.[3] Al lado de
los talleres diseminados se desarrollaban también grandes espacios
manufactureros, homo­géneos y bien delimitados a la vez: las manufacturas
reunidas primero, después las fábricas en la segunda mitad del siglo XVIII





2) Pero
el principio de "clausura" no es ni constante, ni indis­pensable, ni
suficiente en los aparatos disciplinarios. Éstos traba­jan el espacio de una
manera mucho más flexible y más fina. V en primer lugar según el principio de
localización elemental o de la división en zonas. A cada individuo su lugar; y
en cada em­plazamiento un individuo. Evitar las distribuciones por grupos;
descomponer las implantaciones colectivas; analizar las pluralida­des confusas,
masivas o huidizas. El espacio disciplinario tiende a dividirse en tantas
parcelas como cuerpos o elementos que repartir hay. Es preciso anular los
efectos de las distribuciones indecisas, (147)
la desaparición incontrolada de los individuos, su circulación di­fusa, su
coagulación inutilizable y peligrosa; táctica de antideser­ción, de
antivagabundeo, de antiaglomeración. Se trata de establecer las presencias y
las ausencias, de saber dónde y cómo encontrar a los individuos, instaurar las
comunicaciones útiles, interrumpir las que no lo son, poder en cada instante
vigilar la conducta de cada cual, apreciarla, sancionarla, medir las cualidades
o los mé­ritos. Procedimiento, pues, para conocer, para dominar y para
utilizar. La disciplina organiza un espacio analítico.


3) La regla de los emplazamientos
funcionales
va poco a poco, en las instituciones disciplinarias, a
codificar un espacio que la arquitectura dejaba en general disponible y
dispuesto para varios usos. Se fijan unos lugares determinados para responder
no sólo a la necesidad de vigilar, de romper las comunicaciones peligro­sas,
sino también de crear un espacio útil. El proceso aparece cla­ramente en los
hospitales, sobre todo en los hospitales militares y navales. En Francia,
parece que Rochefort ha servido de expe­rimentación y de modelo. Un puerto, y
un puerto militar, es, con los circuitos de mercancías, los hombres enrolados
de grado o por fuerza, los marinos que se embarcan y desembarcan, las enferme­dades
y epidemias, un lugar de deserción, de contrabando, de con­tagio; encrucijada
de mezclas peligrosas, cruce de circulaciones prohibidas. El hospital marítimo,
debe, por lo tanto, curar, pero por ello mismo, ha de ser un filtro, un
dispositivo que localice y seleccione; es preciso que garantice el dominio
sobre toda esa movilidad y ese hormigueo, descomponiendo su confusión de la
ilegalidad y del mal. La vigilancia médica de las enfermedades y de los
contagios es en él solidaria de toda una serie de otros controles; militar
sobre los desertores, fiscal sobre las mercancías, (148)
administrativo sobre los remedios, las raciones, las desapariciones, las
curaciones, las muertes, las simulaciones


4) En
la disciplina, los elementos son intercambiables puesto que cada uno se define
por el lugar que ocupa en una serie, y por la distancia que lo separa de los
otros. La unidad en ella no es, pues, ni el territorio (unidad de dominación),
ni el lugar (unidad de residencia), sino el rango: el lugar que se ocupa
en una clasi­ficación, el punto donde se cruzan una línea y una columna, el
intervalo en una serie de intervalos que se pueden recorrer unos después de
otros


Al
organizar las "celdas", los "lugares" y los
"rangos", fabrican las disciplinas espacios complejos:
arquitectónicos, funcionales y jerárquicos a la vez. Son unos espacios que
establecen la fijación y permiten la circulación; recortan segmentos
individuales e ins­tauran relaciones operatorias; marcan lugares e indican
valores; (152) garantizan la obediencia de los
individuos pero también una me­jor economía del tiempo y de los gestos. Son
espacios mixtos: reales, ya que rigen la disposición de pabellones, de salas,
de mo­biliarios; pero ideales, ya que se proyectan sobre la ordenación de las
caracterizaciones, de las estimaciones, de las jerarquías. La primera de las
grandes operaciones de la disciplina es, pues, la constitución de "cuadros
vivos" que trasforman las multitudes con­fusas, inútiles o peligrosas, en
multiplicidades ordenadas.





EL
CONTROL DE LA
ACTIVIDAD. Pag. 153






1 El empleo del tiempo es
una vieja herencia. Las comunidades monásticas habían sin duda sugerido su
modelo estricto. Rápida­mente se difundió. Sus tres grandes procedimientos
—establecer ritmos, obligar a ocupaciones determinadas, regular los ciclos de
repetición— coincidieron muy pronto en los colegios, los talleres y los
hospitales. A las nuevas disciplinas no les ha costado trabajo alojarse en el
interior de los esquemas antiguos; las casas de edu­cación y los
establecimientos de asistencia prolongaban la vida y la regularidad de los
conventos, de los que con frecuencia eran anejos.





3) De donde el establecimiento
de correlación del cuerpo y del gesto.
El control disciplinario no consiste
simplemente en enseñar o en imponer una serie de gestos definidos; impone la
mejor rela­ción entre un gesto y la actitud global del cuerpo, que es su con­dición
de eficacia y de rapidez. En el buen empleo del cuerpo, que permite un buen
empleo del tiempo, nada debe permanecer ocioso o inútil: todo debe ser llamado a formar el soporte del
acto requerido. Un cuerpo bien disciplinado forma el contexto operatorio del
menor gesto.


5)
La utilización exhaustiva. El principio que estaba subyacente en el
empleo del tiempo en su forma tradicional era esencialmente negativo; principio
de no ociosidad: está vedado perder un tiempo contado por Dios y pagado por los
hombres; el empleo del tiempo (158) debía
conjurar el peligro de derrocharlo, falta moral y falta de honradez económica.
En cuanto a la disciplina, procura una eco­nomía positiva; plantea el principio
de una utilización teórica­mente creciente siempre del tiempo:
agotamiento más que em­pleo; se trata de extraer, del tiempo, cada vez
más instantes dis­ponibles y, de cada instante, cada vez más fuerzas útiles. Lo
cual significa que hay que tratar de intensificar el uso del menor ins­tante,
como si el tiempo, en su mismo
fraccionamiento, fuera inagotable; o como si, al menos, por una
disposición interna cada vez más detallada, pudiera tenderse hacia un punto
ideal en el que el máximo de rapidez va a unirse con el máximo de efica­cia. Era realmente esta técnica la que se
utilizaba en los famosos reglamentos de la infantería prusiana que toda Europa
imitó des­pués de las victorias de Federico II: [4] cuanto más se
descompone el tiempo, cuanto más se multiplican sus subdivisiones, mejor se lo
desarticula desplegando sus elementos internos bajo una mirada que los
controla, más se puede acelerar entonces una operación, o al menos regularla de
acuerdo con un grado óptimo de veloci­dad. De ahí la reglamentación del tiempo
de la acción que fue tan importante en el ejército y que debía serlo para toda
la tecno­logía de la actividad humana


(172) En resumen,
puede decirse que la disciplina fabrica a partir de los cuerpos que controla
cuatro tipos de individualidad, o más bien una individualidad que está dotada
de cuatro características: es celular (por el juego de la distribución
espacial), es orgánica (por el cifrado de las actividades), es genética (por la
acumula­ción del tiempo), es combinatoria (por la composición de fuer­zas). Y
para ello utiliza cuatro grandes técnicas: construye cua­dros; prescribe
maniobras; impone ejercicios; en fin, para garan­tizar la combinación de
fuerzas, dispone "tácticas". La táctica, arte de construir, con los
cuerpos localizados, las actividades co­dificadas y las aptitudes formadas, unos
aparatos donde el pro­ducto de las fuerzas diversas se encuentra aumentado por
su combinación calculada, es sin duda la forma más elevada de la práctica
disciplinaria

II.
LOS MEDIOS DEL BUEN ENCAUZAMIENTO





(175) Walhausen, en los albores del
siglo XVII, hablaba de la "recta disciplina" como de un arte del "buen
encauzamiento de la con­ducta".[5] El poder
disciplinario, en efecto, es un poder que, en lugar de sacar y de retirar,
tiene como función principal la de "enderezar conductas"; o sin duda,
de hacer esto para retirar mejor y sacar más. No encadena las fuerzas para
reducirlas; lo hace de manera que a la vez pueda multiplicarlas y usarlas. En
lugar de plegar uniformemente y en masa todo lo que le está sometido, separa,
analiza, diferencia, lleva sus procedimientos de descomposición hasta las
singularidades necesarias y suficientes. "Encauza" las multitudes
móviles, confusas, inútiles de cuerpos y de fuerzas en una multiplicidad de
elementos individuales —pe­queñas células separadas, autonomías orgánicas,
identidades y con­tinuidades genéticas, segmentos combinatorios. La disciplina
"fa­brica" individuos; es la técnica específica de un poder que se da
los individuos a la vez como objetos y como instrumentos de su ejercicio





LA VIGILANCIA JERÁRQUICA





El
ejercicio de la disciplina supone un dispositivo que coacciona por el juego de
la mirada; un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos
de poder y donde, de rechazo, los medios de coerción hacen claramente visibles
aquellos sobre quie­nes se aplican. Lentamente, en el trascurso de la época
clásica, vemos construirse esos "observatorios" de la multiplicidad
humana (176) para los cuales la historia de las
ciencias ha guardado tan pocos elogios. Al lado de la gran tecnología de los anteojos,
de las lentes, de los haces luminosos, que forman cuerpo con la fundación de la
física y de la cosmología nuevas, ha habido las pequeñas técnicas de las
vigilancias múltiples y entrecruzadas, unas miradas que deben ver sin ser
vistas; un arte oscuro de la luz y de lo visible ha preparado en sordina un
saber nuevo sobre el hombre, a través de las técnicas para sojuzgarlo y de los
proce­dimientos para utilizarlo.


Estos
"observatorios" tienen un modelo casi ideal: el campa­mento militar.
Es la ciudad apresurada y artificial, que se cons­truye y
remodela casi a
voluntad; es el lugar privilegiado de un poder que debe tener tanto mayor
intensidad, pero también dis­creción, tanto mayor eficacia y valor preventivo
cuanto que se ejerce sobre hombres armados. En el campamento perfecto, todo el
poder se ejercería por el único juego de una vigilancia exacta, y cada mirada
sería una pieza en el fundamento global del po­der. El viejo y tradicional
plano cuadrado ha sido considerable­mente afinado de acuerdo con innumerables
esquemas. Se define exactamente la geometría de las avenidas, el número y la
distri­bución de las tiendas de campaña, la orientación de sus entradas, la
disposición de las filas y de las hileras; se dibuja la red de las miradas que
se controlan unas a otras: "En la plaza de armas, se tiran cinco líneas,
la primera a 16 pies
de la segunda; las otras a 8
pies una de otra; y la última está a 8 pies de las defensas. Las
defensas están a 10 pies
de las tiendas de campaña de los oficiales inferiores, precisamente frente a la
primera pieza emplazada


. Du­rante mucho tiempo se encontrará en el
urbanismo, en la cons­trucción de las ciudades obreras, de los hospitales, de
los asilos, de (177) las prisiones, de las casas
de educación este modelo del campa­mento o al menos el principio subyacente: el
encaje espacial de las vigilancias jerarquizadas. Principio del
"empotramiento".


Desarróllase entonces toda una problemática:
la de una arqui­tectura que ya no está hecha simplemente para ser vista (fausto
de los palacios), o para vigilar el espacio exterior (geometría de las
fortalezas), sino para permitir un control interior, articulado y detallado
—para hacer visibles a quienes se encuentran dentro; más generalmente, la de
una arquitectura que habría de ser un operador para la trasformación de los
individuos: obrar sobre aquellos a quienes abriga, permitir la presa sobre su
conducta, conducir hasta ellos los efectos del poder, ofrecerlos a un cono­cimiento,
modificarlos. Las piedras pueden volver dócil y cog­noscible. El viejo esquema
simple del encierro y de la clausura —del muro grueso, de la puerta sólida que
impiden entrar o salir—, comienza a ser sustituido por el cálculo de las
aberturas, de los plenos y de los vacíos, de los pasos y de las trasparencias.
Así es como se organiza poco a poco el hospital-edificio como instrumento de
acción médica: debe permitir observar bien a los enfermos, y así ajustar mejor
los cuidados; la forma de las cons­trucciones debe impedir los contagios, por
la cuidadosa separa­ción de los enfermos: la ventilación y el aire que se hacen
circu­lar en torno de cada lecho deben en fin evitar que los vapores deletéreos
se estanquen en torno del paciente, descomponiendo sus humores y multiplicando
la enfermedad por sus efectos inme­diatos


Las instituciones disciplinarías han secreta­do
una maquinaria de control que ha funcionado como un micros­copio de la
conducta; las divisiones tenues y analíticas que han realizado han llegado a
formar, en torno de los hombres, un apa­rato de observación, de registro y de
encauzamiento de la conduc­ta. En estas máquinas de observar, ¿cómo subdividir
las miradas, cómo establecer entre ellas relevos, comunicaciones? ¿Qué hacer
para que, de su multiplicidad calculada, resulte un poder homo­géneo y continuo?



El
aparato disciplinario perfecto permitiría a una sola mirada verlo todo
permanentemente. Un punto central sería a la vez fuente de luz que iluminara
todo, y lugar de convergencia para todo lo que debe ser sabido: ojo perfecto al
cual nada se sustrae y centro hacia el cual están vueltas todas las miradas.
Esto es lo que había imaginado Ledoux al construir Arc-et-Senans: en el centro
de las edificaciones dispuestas en círculo y abiertas todas hacia el interior,
una elevada construcción debía acumular las funciones administrativas de
dirección, policíacas de vigilancia, económicas de control y de verificación, y
religiosas de fomento (179) de la obediencia y
del trabajo; de ahí vendrían todas las órdenes, ahí estarían registradas todas
las actividades, advertidas y juzga­das todas las faltas; y esto inmediatamente
sin casi ningún otro soporte que una geometría exacta. Entre todas las razones
del prestigio concedido, en la segunda mitad del siglo XVIII, a las
arquitecturas circulares,[6] hay que contar sin
duda ésta: la de que expresaban cierta utopía política.


Pero la
mirada disciplinaria ha tenido, de hecho, necesidad de relevos. Mejor que un
círculo, la pirámide podía responder a dos exigencias: ser lo bastante completa
para formar un sistema sin solución de continuidad —posibilidad por
consiguiente de multi­plicar sus escalones, y de repartirlos sobre toda la
superficie que controlar; y, sin embargo, ser lo bastante discreto para no
gravi­tar con un peso inerte sobre la actividad que disciplinar, y no ser para
ella un freno o un obstáculo; integrarse al dispositivo disciplinario como una
función que aumenta sus efectos posibles. Necesita descomponer sus instancias,
pero para aumentar su fun­ción productora. Especificar la vigilancia y hacerla
funcional.


La vigilancia
jerarquizada, continua y funcional no es, sin duda, una de las grandes
"invenciones" técnicas del siglo XVIII, pero su insidiosa extensión
debe su importancia a las nuevas mecánicas de poder que lleva consigo. El poder
disciplinario, gracias a ella, se convierte en un sistema "integrado"
vinculado del interior a la (182) economía y a los fines del
dispositivo en que se ejerce. Se organiza también como un poder
múltiple, automático y anónimo; porque si es cierto que la vigilancia reposa
sobre individuos, su funcio­namiento es el de un sistema de relaciones de
arriba abajo, pero también hasta cierto punto de abajo arriba y lateralmente.
Este sistema hace que "resista" el conjunto, y lo atraviesa
íntegramen­te por efectos de poder que se apoyan unos sobre otros: vigilantes
perpetuamente vigilados. El poder en la vigilancia jerarquizada de las
disciplinas no se tiene como se tiene una cosa, no se trasfiere como una
propiedad; funciona como una maquinaria. Y si es cierto que su organización
piramidal le da un "jefe", es el aparato entero el que produce
"poder" y distribuye los individuos en ese campo permanente y
continuo. Lo cual permite al poder disciplinario ser a la vez absolutamente
indiscreto, ya que está por doquier y siempre alerta, no deja en principio
ninguna zona de sombra y controla sin cesar a aquellos mismos que están en­cargados
de controlarlo; y absolutamente "discreto", ya que fun­ciona
permanentemente y en una buena parte en silencio. La disciplina hace
"marchar" un poder relacional que se sostiene a sí mismo por sus
propios mecanismos y que sustituye la resonan­cia de las manifestaciones por el
juego ininterrumpido de miradas calculadas. Gracias
a las técnicas de vigilancia, la "física" del po­der, el dominio
sobre el cuerpo se efectúan de acuerdo con las leyes de la óptica y de la
mecánica, de acuerdo con todo un juego de espacios, de líneas, de pantallas, de
haces, de grados, y sin re­currir, en principio al menos, al exceso, a la
fuerza, a la violen­cia. Poder que es en apariencia tanto menos
"corporal" cuanto que es más sabiamente "físico".


"Con
la palabra castigo, debe com­prenderse todo lo que es capaz de hacer sentir a
los niños la falta que han cometido, todo lo que es capaz de humillarlos, de
causarles confusión: ... cierta frialdad, cierta indiferencia, una pregunta,
una humillación, una destitución de puesto."[7]


3) El castigo disciplinario tiene
por función reducir las desvia­ciones. Debe, por lo tanto, ser esencialmente correctivo.
Al lado de los castigos tomados directamente del modelo judicial (multas,
látigo, calabozo), los sistemas disciplinarios dan privilegio a los castigos
del orden del ejercicio —del aprendizaje intensificado, multiplicado, varias
veces repetido: el reglamento de 1766 para la infantería preveía que los soldados
de primera clase "que mues­tren algún descuido o mala voluntad serán
relegados a la última clase", y no podrán reintegrarse a la primera sino
después de nuevos ejercicios y un nuevo examen. Como decía, por su parte, J.-B.
de La Salle,
"Los trabajos impuestos como castigo (pensum) son, de todas las penitencias,
lo más honesto para un maestro, lo más ventajoso y lo más agradable para los
padres"; permiten "ob­tener, de las faltas mismas de los niños,
medios para hacerlos progresar al corregir sus defectos”


5) La distribución según los rangos o los
grados tiene un do­ble papel: señalar las desviaciones, jerarquizar las
cualidades, las competencias y las aptitudes; pero también castigar y recompen­sar.
Funcionamiento penal de la ordenación y carácter ordinal de la sanción. La
disciplina recompensa por el único juego de los ascensos, permitiendo ganar
rangos y puestos; castiga haciendo retroceder y degradando. El rango por sí
mismo equivale a re­compensa o a castigo.


En suma, el arte de castigar, en el régimen
del poder discipli­nario, no tiende ni a la expiación ni aun exactamente a la
repre­sión. Utiliza cinco operaciones bien distintas: referir los actos, los
hechos extraordinarios, las conductas similares a un conjunto que es a la vez
campo de comparación, espacio de diferenciación y principio de una regla que
seguir. Diferenciar a los individuos unos respecto de otros y en función de
esta regla de conjunto





EL EXAMEN





El examen combina las técnicas de la
jerarquía que vigile y las de la sanción que normaliza. Es una mirada
normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar.
Establece sobre los individuos una visibilidad a través de la cual se los di­ferencia
y se los sanciona. A esto se debe que, en todos los dis­positivos de disciplina,
el examen se halle altamente ritualizado. En él vienen a unirse la ceremonia
del poder y la forma de la experiencia, el despliegue de la fuerza y el
establecimiento de la verdad. En el corazón de los procedimientos de
disciplina, mani­fiesta el sometimiento de aquellos que se persiguen como
objetos y la objetivación de aquellos que están sometidos. La superpo­sición de
las relaciones de poder y de las relaciones de saber ad­quiere en el examen
toda su notoriedad visible.


Pag 119









[1] 9 Cf. Ph. Aries, L'enfant et la
famille,
1960, pp. 308-313, y G. Snyders, La pédagogie en France aux
XVIIe et XVIIle siècles,
1965, pp. 35-41.









[2] 10 L'ordonnance militaire, 25 de septiembre de 1719.
Cf. lám. 5.






[3] 11 Daisy, Le Royaume de France, 1745,
pp. 201-209; Mémoire anonyme de 1775 (Dépôt de la guerre, 3689, f. 156). A Navereau, Le
logement et les usten­siles des gens de guerre de 1439 à 1789,
1924, pp.
132-135. Cf. láms. 5 y 6.






[4] 32 No se puede atribuir el
éxito de las tropas prusianas "a otra cosa que a la excelencia de su
disciplina y de su ejercicio; no es, por lo tanto, una cosa indiferente la
elección del ejercicio; se ha trabajado en ello en Prusia por espacio de
cuarenta años, con una aplicación sin tregua" (Mariscal de Sajo-nia, carta
al conde de Argenson, 25 de febrero de 1750; Arsenal, Ms. 2701. Mes rêveries, t. II, p. 249). Cf. láms. 3 y 4.






[5] 1 J. J. Walhausen, L'art militaire pour l'infanterie. 1615,
p. 23.









[6] 5 Cf. láms. 12, 13, 16.









[7] 13 J.-B. de La Salle, Conduite des Écoles
chrétiennes
(1828), pp. 204-205.
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YOCACHO2



Mensajes: 2
Fecha de inscripción: 19/04/2010

MensajeTema: Gracias! profe   Jue Abr 29, 2010 6:13 am

ya lo guare en la pc!
saludos
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